Soy la casa que ladra / C.J. Chueca (Lima, 1977), Natalia Iguiñiz (Lima, 1973), José Carlos Martinat (Lima, 1973), Gabriela Wiener (Lima, 1975)

Texto / text: Carlos León Jiménez

Soy la casa que ladra muestra colectiva que reúne a los artistas C. J. Chueca, Natalia Iguiñiz, José Carlos Martinat y Gabriela Wiener en un proyecto en el que la palabra es materia y herramienta convocante y revulsiva, para hablar sobre identidades híbridas, para exponer y exponerse. ¿Y por qué ladra esta casa? Porque las utopías del mestizaje y la igualdad han fracasado, mientras las violencias que perpetúan prácticas coloniales, racistas y sexistas siguen vivas y coleando. Sus voces se unen a los gritos que emergen y se multiplican, a sabiendas de que ni ellxs hablan por otrxs, ni todxs tienen voz aún.

Soy la casa que ladra is a collective work that gathers the artists C. J. Chueca (Lima, 1977), Natalia Iguiñiz (Lima, 1973), José Carlos Martinat (Lima, 1974) and Gabriela Wiener (Lima, 1975) in a Project in which the word is raw material and tool, convener and revulsion, to speak about hybrid identities, to expose and expose oneself. Why is this house barking? Because utopias of mixing and equality have failed, whilst violence keeps perpetuating colonial, racist, and sexist practices. The voices of these artists join to the voices that rise and multiply, knowing that they do not speak in the name of others and that not all the people have a voice yet.


Soy la casa que ladra, C.J. Chueca

SOY LA CASA QUE LADRA
SOY MOCHE, SOY XAUXA, SOY NEGRA, SOY BLANCA
NO ME VENDO NI ME ALQUILO
SOY LA CASA QUE LADRA

Migrar, Gabriela Wiener

Este texto fue grabado en un audio de 7.28 minutos, leído por Gabriela Wiener y reproducido en el equipo de sonido de la sala de Mamama Espacio.

This text was recorded in audio (7 minutes and 28 seconds), read and reproduced on the sound system in the living room of Mamama Space.


Las correcciones en mi primer libro
son extirpaciones.
“Echar de menos” por “extrañar”
el ciclón tropical lejos del núcleo cálido.
La primera vez que me dijeron
que no estaba escribiendo en español.
Que no hablaba correctamente
Vosotros, no ustedes.
Una iglesia sobre una huaca.
Los cuatro caballos corriendo en direcciones distintas
para desmembrar el cuerpo.
Para cortar nuestras trenzas.
Migrar no es volver a nacer,
es volver a nombrar lo que ya tenía nombre.
Ese teléfono público, cuando existían,
en el que tardé más de la cuenta
y el hombre que no podía esperar
vio en mí a una criatura bajada de los árboles
que folla con las llamas.
Esa fue la primera vez que me gritaron
que me vaya a mi país,
a mi casa.
En realidad,
volvería a casa pero ya no tengo casa.
Así que hice una casa mía en la que extrañar
y no echar de menos,
allí puse un nuevo acento a mis afectos.

No sé de qué podría hablar ahora.
Del nido. De la decisión de las aves.
De las estaciones frías.
De las distancias.
De haber sido,
de seguir siendo,
de llegar sin llegar,
de instalarse a medio camino,
de dar miedo, de no poder,
de no querer,
de que te persigan hasta cuando no haces nada,
de dejar muchas vidas atrás,
de perderlo todo,
de empezar de nuevo,
de cero, de abajo,
de las colas, de la ley,
de mi viejo NIE,
de la oportunidad que me dieron,
de todo lo que les debo,
de la maternidad solitaria,
de mi nueva familia,
de jurar ante el rey.

Vivo en España hace 15 años,
pero en realidad
habito Panchilandia,
donde todo el mundo sonríe y nos habla con cariño.
Dicen con cariño panchi, panchita, machupicchu, fiesta nacional.
Los panchitos son unos snacks pequeños, redondos y oscuros
Así nos llaman a los sudakas
El chiste con el que dicen quererme
hace que parezca normal que no me quieran.
En Forocoches somos “la fauna cuyo hábitat es un centro comercial”.

Me hablan de la peruanita que le limpia la casa a su amiga Pepa,
qué buena es, se puede confiar en ella.
Creen que es un tema de conversación
que pueden tener conmigo
porque yo también soy una peruanita confiable.
¿Me habrán blanqueado?
¿Cuándo voy a integrarme?
Qué pelo hermoso,
crin de caballo,
qué bien haces el pollo frito.
Qué piel, qué suave,
qué dientes, qué manitos,
tan pequeñas y morenitas.
Podría bajar un bloque de hielo
de la cordillera en mi espalda
para purificar la cosecha.

No, lo mejor que podría pasarnos
No es casarnos con un español
Como dicen allí los políticos de derecha españoles
Somos todo menos la esposa con la que soñaste.

A veces me quedo horas leyendo los comentarios
que me dejan en las redes en Perú
Son mucho menos dulces:
Chola pezuñenta.
Pobre cholita reputa.
Ponte una bolsa de pan en la cabeza.
Con razón has tenido una vida promiscua.
Quién te va a querer tirar si eres más fea que mi empleada
Pobre india escribiendo cojudeces para llamar la atención.
Necesita una cirugía de los pies hasta el cerebro la muy zorra.

Pero me he reproducido como una flor de cáctus
en este territorio ajeno que voy haciendo mío.
Con una mujer blanca y un hombre cholo,
enredamos nuestras tres lenguas para fabricar otro nido.
Polinizados por el picaflor de garganta rubí.

En los parques infantiles
Sin embargo
Siguen confundiéndome con la niñera de mi hijo
o de cualquiera de sus hijos, de sus madres, de sus padres.
Ni siquiera sé llorar con decoro en los velorios.
Y tampoco quiero.
Sólo sé hacer el indio ante la muerte.
Mi teatralidad de culebrón, mis exabruptos.
Pero no volverán a cortar mi larga y negra trenza
para tirársela a los perros.

Solo hablo de mis microprivilegios
De haber migrado con papeles.
Hay tantos, sin embargo,
que no volverán a ver sus ríos.
Apenas la odisea
y el agujero negro del interno
en el limbo del refugio.
Los que están aquí mejor que en el otro infierno.
Todo pasa,
encadenándose de sur a norte
como las parras en primavera
Como las pelotas de goma que disparan
mientras nadas en el tramo Marruecos-Ceuta.
Como una zapatilla Nike flotando en el Tarajal.
Mientras el rey esquía
con un completísimo equipo para la nieve.

Nunca dejamos de buscar lo que fuimos
para comenzar a ser lo que soñamos.
En un movimiento que nos aleja de la frontera.
Algunos quedamos más cerca de la vida,
otros más cerca de la muerte.
Pero nunca dejamos de migrar.
Nunca dejamos de ver señales en la lluvia.
Y ya solo bailamos en un pedazo de tierra a la deriva.
Al ritmo de las cuerdas del lago.

He visto a un hombre negro perseguido en una plaza,
tumbado, enmarrocado, bajo una bota,
que llevaba una manta como se lleva la vida, aferrada.
Me he fijado tantas veces en la cuerdas de las mantas
que hacen que sea posible envolver y levantar los perfumes,
las zapatillas fucsias y verdes en pocos segundos,
y salir huyendo con la vida al hombro.
La tecnología para la supervivencia,
la estrategia para la huida permanente,
el aroma a falso lujo, a vida falsificada,
a imitación barata de la existencia,
que deja atrás, al pasar cerca de ti, la pobreza y el miedo.

No hay autopsia, ni cuerpo, ni casa, ni papeles.
Pero sí Ley de extranjería, Directiva de Retorno,
Acuerdo de Dublin, Eurosur, FRONTEX, CIES,
deportaciones, no acceso al voto, multas,
penalización de la venta ambulante,
pena de cárcel, retiro de la residencia, expulsión.
La pobreza, que es una sentencia de muerte.

Europa, les disparas en sus países,
les disparas en tus colonias,
les disparas en el agua,
les disparas en las fronteras,
les disparas en sus casas,
les disparas en el corazón.
Mi profesora de Geografía en Perú,
la que me enseñó la escala,
la latitud y la longitud del mundo,
le cambia el pañal a tu padre, Europa.
Ten un poco de decencia.

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